//
¿Quienes eramos?

Somos un proyecto independiente, una unidad autónoma de producción: acompañamos, ayudamos a reconocer y construir medios y acciones de comunicación que permitan a grupos y organizaciones anticapitalistas desarrollar sus objetivos.

“… ahora que se han creado y difundido nuevas tecnologías que facilitan el flujo de información y que han simplificado la tarea de las redacciones de todos los medios, tenemos el desafío de trabajar para que los movimientos se apropien de esos saberes”.

Varios desafíos simultáneos

Debemos trabajar para que los movimientos sociales tengan sus propios medios de comunicación. Y esto por una razón elemental: en ello se juega la autonomía de un sujeto social. No depender de otros, requiere crear medios propios, dirigidos por los propios integrantes del movimiento.

1) En los medios en los que trabajamos (que si son medios dirigidos por el capital o el Estado, raramente serán favorables a los movimientos sociales), podemos elegir informar de la forma más veraz y comprometida, informar de modo de poner en el centro a la gente, sus dolores y sus sufrimientos, sus grandezas y sus valores; a contracorriente del medio en el que el propio periodista se mueve. En este caso, es probable que no pueda decir todo lo que sucede o todo lo que piensa, y que llegue incluso a ser despedido. La amenaza del capital, el chantaje con la pérdida del puesto de trabajo, es siempre la forma de domesticar a los periodistas. Cuando estos no han sido ganados por la ideología patronal.

2) Los periodistas consecuentes pueden optar por crear sus propios medios de comunicación, como forma de eludir la coerción de los propietarios de los medios. En este caso, ya no habrá mayores impedimentos para que el periodista diga lo que piensa, informe con veracidad, sea fiel a la realidad de su pueblo. Está solo ante su conciencia. La dificultad deriva de otro lado. En América Latina, son muy pocos los medios que han logrado subsistir al margen del capital. En Europa y en otras regiones del Centro, existen mayores posibilidades de contar con medios más o menos importantes que sean realmente independientes. Tenemos el caso de Le Monde Diplomatique, que es el más sobresaliente en la prensa. Pero son excepcionales. Y tampoco llegan a amplios sectores.

3) En América Latina, quienes trabajamos en medios de masas comprometidos con los movimientos sociales debemos pagar el precio de las dificultades económicas: inestabilidad en los ingresos, salarios bajos, mucho menores que en los grandes medios del poder, dificultad para contar con los medios técnicos para poder informar en las mismas condiciones que los grandes, o sea para poder competir, porque estos medios dependen o bien de la publicidad estatal o bien de las ventas. En todo caso, el periodista que elige este camino sabe que tendrá satisfacciones personales, pero a cambio de una vida económica azarosa e insegura. Esta opción, con ser muy valiosa, me parece insuficiente.

De qué lado estamos

Casi dos décadas de políticas neoliberales provocaron cambios dramáticos y de largo aliento en los medios de comunicación. De forma simultánea a la revolución que supuso la introducción de la informática en las comunicaciones, se realizó la operación más ambiciosa de concentración de los medios, a tal punto que los verdaderamente independientes y con amplia circulación, son excepcionales.

Desde el punto de vista de la circulación de la información, las nuevas tecnologías permitieron algo verdaderamente novedoso, que supone un cambio cultural: la simultaneidad entre los hechos y su difusión a millones de personas en todo el mundo. Esto provocó, como lo atestigua la guerra en Irak, que podemos seguir los hechos mientras los hechos están sucediendo, cosa que ni siquiera durante la primera guerra del Golfo fue tan evidente. Hoy, un periodista muñido de un teléfono celular puede trasmitir desde cualquier lugar del mundo, en cualquier momento, lo que está sucediendo ante sus ojos. Su mirada será, de forma inmediata, la mirada con la que millones de personas observan los hechos. Esto tiene enormes implicancias éticas en las que vale la pena detenerse. La responsabilidad del periodista ha devenido enorme. Y, por lo tanto, se requiere de él la capacidad de insertar los hechos de los que es testigo en su contexto histórico, social, cultural y político. De alguna manera, debemos exigirle al periodista de hoy no sólo su capacidad de informar sino la de formar, por lo que la tarea periodística está cada vez más cercana a la del intelectual o el docente. No sólo le debemos exigir que informe con veracidad (que no con objetividad), sino que sea capaz de entresacar del inabarcable volumen de información que circula aquellas porciones imprescindibles para comprender la realidad, toda vez que el sistema pretende embotarnos con enormes cantidades de información sin jerarquizar. Los periodistas de hoy no podemos olvidar, como señala Fritjof Capra, que “la mente humana piensa con ideas, no con información” y que, por el contrario, son las ideas las que crean información; las ideas derivan de la experiencia .

En paralelo, la concentración de los medios en muy pocas manos -que es una manifestación de la brutal concentración de poder y riqueza promovida por el neoliberalismo- ha tenido un efecto de potenciar lo que Eduadro Galeano menciona como “la dictadura de la imagen única”. Esta descripción correspondió con lo que fue la primera guerra del Golfo, hace ya diez años. Aquellos momentos, en los que el capital financiero mundial festejaba el “fin de la historia” y la puesta en escena del “nuevo orden mundial”, parecían mostrar el triunfo de los poderosos ante los pueblos del mundo desconcertados y desorientados tras la caída del Muro de Berlín y del llamado socialismo real.

Afortunadamente, la década de los 90 nos deparó sorpresas agradables. En América Latina la década se abrió con el primer alzamiento de los pueblos indígenas en mucho tiempo, el levantamiento del Inti Raymi en Ecuador; le siguió el movimiento zapatista, que desde 1994 es una luz de esperanza para todos los oprimidos del mundo; la lucha de los campesinos sin tierra en Brasil, marcó una inflexión que provocó el desgaste de las políticas neoliberales y abrió las puertas para el triunfo electoral del PT. En diciembre de 1999 sucedieron los hechos de Seattle, que pusieron al movimiento contra la globalización en el centro de la escena política internacional.

Lo que vino después, está aún fresco en la retina de todos los latinoamericanos: el alzamiento indígena ecuatoriano que derribó al gobierno de Jamil Mahuad en enero de 2000; los levantamientos populares en Cochabamba, en abril y setiembre-octubre de ese mismo año que, a mi modo de ver, abren en Bolivia un “ciclo de protestas” que está llamado a tener hondas repercusiones, siendo un primer paso la caída del gobierno de Gonzalo Sanchez de Losada, el 17 de octubre de 2003; la movilización popular en Venezuela que hizo fracasar un golpe de Estado inspirado desde Washington, y, finalmente, la gran insurrección del pueblo argentino, el 19 y 20 de diciembre de 2001, que derribó dos gobiernos y selló la suerte del neoliberalismo en la región. En el escenario mundial, el movimiento contra la globalización no dejó de crecer, realizó tres encuentros gigantescos en Porto Alegre y movilizó millones de personas -a comienzos de este año- contra la agresión a Irak, siendo quizá las movilizaciones simultáneas más numerosas en la historia de la humanidad. Tan importante fue este movimiento que hasta el mismísimo The New York Times señaló que en adelante habrá dos superpotencias: Estados Unidos y la opinión pública internacional.

Bien. Este es el contexto en el que trabajamos los periodistas e intelectuales latinoamericanos: una creciente polarización que pone riqueza, poder y potentes medios técnicos de un lado, y la enorme capacidad de movilización de los pueblos. Estas capacidades de nuestros pueblos han alcanzado tal grado de desarrollo, que ya no podemos seguir hablando -en sentido estricto- de movimientos sociales, caracterizados por la alternancia de períodos de movilización y de quietud, sino que estamos viendo el nacimiento de “sociedades en movimiento” o sociedades movilizadas . Tenemos el deber moral de elegir: de qué lado estamos, y luego, si como espero elegimos estar del lado de la sociedad civil contra la sociedad del poder (como la bautizó el subcomandante Marcos), podemos debatir cómo vamos a estar, qué pasos vamos a dar.

Raúl Zibechi
.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: